
Comunicaciones desclasificadas revelan cómo el magnate pidió refutar experiencias extracorpóreas y fantasmas mientras su entorno se cruzaba con proyectos ovni.
En el laberinto documental surgido tras la desclasificación masiva vinculada al caso de Jeffrey Epstein —más de seis millones de páginas que detallan el alcance de su red de contactos, correos electrónicos y desplazamientos— emerge un elemento que tensiona la lectura convencional del escándalo: un intercambio fechado en febrero de 2018 con el físico teórico Lawrence Krauss, en el que el financiero parece instar a “concentrar punto por punto la refutación… desbaratando las afirmaciones hasta hacerlas ridículas”, incluyendo —según el contenido— referencias a cuestiones que rozan lo paranormal y lo extraordinario.

Los documentos, incorporados al amplio conjunto publicado bajo la denominada Epstein Files Transparency Act, muestran que Krauss —conocido por su defensa del pensamiento científico y la crítica sistemática a los dogmas— respondió a Epstein en términos más cercanos a la gestión editorial de un artículo que a la articulación de una campaña global contra lo inexplicable. Lo que ha trascendido apunta a una conversación centrada en la estructura de una réplica dirigida a un periodista, no a una estrategia coordinada para desacreditar fenómenos como experiencias extracorporales, abducciones o avistamientos de ovnis.
Sin embargo, a la luz del material hoy accesible, ya no puede sostenerse que no exista evidencia pública de que Epstein solicitara expresamente a un científico desacreditar determinados fenómenos considerados paranormales. Un correo electrónico fechado el 26 de febrero de 2018, enviado desde su cuenta personal a Krauss, lo muestra pidiéndole la redacción de un texto destinado a desmontar afirmaciones sobre abducciones extraterrestres, experiencias extracorporales y fantasmas. En el mensaje no solo enumera los fenómenos a refutar, sino que sugiere líneas argumentales —como la reiteración de relatos similares durante una década— e introduce un elemento revelador: el artículo no llevaría la firma de Krauss, lo que sugiere una voluntad de influir en el debate público sin exposición directa. Este intercambio, identificado en el documento HOUSE_OVERSIGHT_031676, desplaza el interés de Epstein por intervenir en la narrativa sobre lo inexplicable del terreno especulativo al ámbito de los hechos documentados.
Otro nombre que figura en los archivos es el de Alex Klokus, señalado como principal inversor del grupo de divulgación ufológica Skywatcher. Esta organización ha sostenido que ciertos “activos psiónicos” podrían emplear habilidades psíquicas para convocar ovnis. Según un comentario difundido en redes por el analista conocido como Red Panda Koala, dentro de ese entorno se habría llegado a considerar que determinados perfiles —como zurdos, homosexuales o niños— presentarían mayores capacidades psíquicas que la media.
La entidad Skywatcher.ai se presenta públicamente como una iniciativa privada dedicada a la inteligencia aeroespacial y al análisis de fenómenos aéreos no identificados mediante sensores avanzados. No obstante, en su narrativa institucional no figura un elemento que aparece vinculado a su entorno: la llamada acción psiónica.
Lejos de constituir una mera excentricidad, la hipótesis de utilizar capacidades psíquicas para interactuar con fenómenos UAP se asocia a actores concretos próximos a Skywatcher. Entre ellos se menciona a Jake Barber, colaborador activo que en octubre de 2024 viajó a Washington para reunirse con miembros del Congreso de Estados Unidos. De acuerdo con la información disponible, Barber habría declarado la existencia de un programa secreto de recuperación de ovnis que incluiría la participación de individuos con habilidades psíquicas capaces de influir o interactuar con UAP. Este planteamiento no surge en el vacío: enlaza con antecedentes reconocidos oficialmente, como los programas de visión remota y percepción extrasensorial financiados por el Pentágono durante la Guerra Fría, cuya existencia fue admitida años después de su cancelación. En ese contexto, las afirmaciones sobre activos psiónicos se insertan en una tradición institucional incómoda que, más que desaparecer, parece haberse desplazado fuera del foco público.
La cuestión, por tanto, ya no es si Epstein transitaba entre científicos de prestigio y promotores de ideas marginales: la documentación confirma que lo hacía. La pregunta que se impone es con qué propósito. ¿Buscaba desacreditar públicamente lo paranormal como mecanismo de control del discurso mientras, en ámbitos clasificados, se exploraban esas mismas posibilidades? ¿O responde todo a una dinámica más compleja, donde ridiculizar ciertos fenómenos serviría para velar investigaciones sensibles, programas heredados de la Guerra Fría o experimentos que nunca debieron exponerse?
Cuando los archivos muestran a un financiero solicitando refutaciones anónimas, a inversores vinculados a proyectos ufológicos extremos y a testigos que comparecen ante el Congreso hablando de psíquicos operando sobre UAP, la duda deja de parecer extravagante y adquiere otra dimensión: ¿quién determina qué es fantasía… y qué debe permanecer fuera del debate público bajo la etiqueta de lo imposible?