La Florida, San Luis – 4 de febrero de 1978
Todo comenzó como una noche más de pesca.
Era la madrugada del 4 de febrero de 1978 cuando seis amigos partieron rumbo al dique La Florida, a 38 kilómetros de la ciudad de San Luis. La salida había sido organizada días antes entre Pedro Sosa; sus hermanos Ramón y Genaro; Manuel María Álvarez; Jacinto Lucero; y Regino Salvador Perroni.
Nada fuera de lo habitual: asado, empanadas, vino, bromas y la ilusión de una buena jornada nocturna.
Genaro revisó su Fiat 125 antes de salir: combustible, presión de neumáticos, agua, aceite. Pedro y Genaro se encargaron de las compras: costillas, chorizos, morcillas, gaseosas, soda. Todo estaba previsto. Incluso habían coordinado con un empleado del club náutico para que les encendiera el fuego.
La noche avanzaba tranquila. Comieron cerca de la medianoche y, pasada la una, comenzaron a preparar los aparejos. Eligieron navegar hacia el sector sur del dique, en dirección a La Rinconada. El viento norte agitaba el agua más de lo esperado, así que decidieron cambiar de embarcación y utilizar una balsa llamada “La Niña”, que hacía tiempo no se usaba.
La pesca no era buena. Apenas algunos pejerreyes y carpas. A eso de las tres de la mañana, Ramón, Genaro y Lucero se recostaron a dormir. Pedro Sosa y Álvarez seguían probando líneas. Perroni, ubicado cerca del motor, murmuraba en voz baja para no espantar a los peces.
El cielo estaba despejado. La luna se reflejaba blanca sobre el lago. El amanecer aún no llegaba, pero se lo intuía cercano.
Entonces ocurrió.
Antes de las seis de la mañana, el silencio se rompió.
Perroni fue el primero en verla: una luz enceguecedora cruzó el cielo detrás de la balsa. Fue tan intensa que durante unos segundos todo desapareció en un blanco absoluto. El paisaje se borró. El agua, los cerros, la luna… nada se distinguía.
Los que dormían se despertaron sobresaltados. Pedro y Álvarez quedaron paralizados.
Frente a ellos, sobre un pequeño declive del terreno, suspendido a unos tres metros del suelo, se encontraba un objeto metálico de aproximadamente quince metros de diámetro. Tenía forma de plato hondo invertido. De su parte inferior irradiaba una luz blanca intensa; en la parte superior se distinguían destellos verde esmeralda y rojo granate.
No era una estrella.
No era un avión.
No era algo conocido.
En medio del asombro, una compuerta se abrió. De ella descendió una escalerilla similar a las de los aviones Fokker. Y por esa escalerilla bajó un ser.
Medía alrededor de 2,10 metros. Vestía un traje ajustado, brillante, plateado. En la cabeza llevaba una escafandra transparente que dejaba ver cabellos rubios y facciones humanas.
Caminó —o se deslizó— hacia la orilla del lago, a unos quince metros de los pescadores.
Nadie pudo moverse.
El ser levantó las manos, con las palmas hacia arriba, en un gesto que varios interpretaron como universal: un gesto de paz, de ofrecimiento, de “dar”.
Sonreía.
Luego giró, regresó por la escalerilla y la compuerta se cerró. Entre veinte y treinta segundos después, el objeto se elevó. Ascendió con rumbo noreste hacia las sierras puntanas.
Pero no simplemente se alejó.
Según los testigos, cuando alcanzó un ángulo cercano a los 45 grados, realizó una maniobra extraña: una especie de medio looping. Y entonces no se perdió a la distancia… desapareció. Como si hubiera ingresado en un punto invisible del cielo, dejando un círculo luminoso blanco que se expandió lentamente hasta desvanecerse.
Años después, informes del Centro Argentino de Estudios de Fenómenos Anómalos (CAEFA), firmados también por el investigador Fabio Zerpa, recogieron el testimonio. Los seis coincidían en lo esencial: forma circular, luz descomunal, cercanía extrema. Diferían apenas en detalles de color o intensidad.
La investigación contó incluso con la participación de la Policía de la Provincia de San Luis, cuyo primer comunicado oficial fue firmado por el entonces teniente coronel Raúl Benjamín López.
Pero el caso, con el tiempo, se apagó.
Hubo otros testigos indirectos esa madrugada. Un hombre que pescaba en el murallón norte dijo haber visto un resplandor similar reflejado sobre el agua. Otro, en la zona de Juan Llerena, relató que sus perros ladraban desesperadamente ante una luz blanca que luego se elevó y desapareció rumbo al sur.
Los protagonistas siguieron sus vidas.
Manuel María Álvarez enfermó tiempo después y perdió su empleo en Aerolíneas Argentinas. Se fue a Buenos Aires. Luego a Paraguay. Nunca más se supo demasiado de él.
Regino Perroni evitó siempre hablar del tema.
Pedro Sosa, años después, fue claro:
“Ha pasado el tiempo y ya no queremos recordar aquello. Hicimos una especie de juramento”.
Cuarenta y siete años más tarde, el episodio de La Florida sigue siendo uno de los casos más impactantes y menos explicados de la casuística argentina.
Seis hombres.
Una balsa.
Un lago en calma.
Un objeto suspendido a pocos metros.
Un ser que descendió.
Y una pregunta que aún flota sobre las aguas del dique:
¿Qué ocurrió realmente aquella madrugada del 4 de febrero de 1978?