Adrián Arquiola, fundador y director del Observatorio Astronómico Municipal de Funes, revela “una visita de seres no terráqueos”.
–¿Cuál es tu mirada sobre la vida extraterrestre?
–Que no estamos solos en el Universo, soy un convencido de que nos visitan porque conozco el cielo hace 40 años, he visto fenómenos inexplicables.
–¿Por ejemplo?
–He visto tres objetos voladores no identificados: uno en Funes, otro en Córdoba y otro del que tengo una fotografía de un fenómeno increíble. Fenómenos de entre fines de los 80 y principios de los 90, cuando no sabíamos qué era un drone. Pero soy un convencido de que nos visitan.
–¿Qué les decís a los incrédulos?
–Algunos me dicen: “Y Adrián, pero no lo podés probar”. Ahí está el problema: somos una civilización que necesitamos ver para creer y tocar para sentir. El día que podamos superar esa barrera o pasar ese escalón, el planeta va a cambiar. Y soy convencido de esto. Me sirve más alguien que me cuente un testimonio personal que una foto porque lo que ya tenemos más de cinco décadas tenemos un receptor interno: vos sabés cuándo te llega y cuándo no. Si una persona me cuenta que vio tal fenómeno me parece fantástico, no hace falta ver un video o una foto ahora en la era de la digitalización: el testimonio está por encima de todo.
–¿Cuál es tu lectura de la vida extraterrestre?
–Decía Kasan: “El Universo es tan grande que sería un desperdicio estar solos”. Cualquier libro de Astronomía te va a despertar la curiosidad y te abre la mirada. En las charlas intento mezclar la Astronomía con la vida extraterrestre. A veces me preguntan por qué no se comunican y les respondo que somos una civilización muy joven. La raza humana también se porta muy mal, pero soy optimista con las nuevas generaciones, con los niños que evolucionan y con sus maestros, que con muy buenos y tienen una gran vocación.
–¿Tuviste un encuentro con seres extraterrestres?
–Sí, fue antes de la pandemia, un viernes cualquiera de septiembre que terminaba de dar clase en el Observatorio. Funes tiene alma de pueblo y a las nueve de la noche no queda nadie en la calle, más cuando hace frío. Estaba cerrando todo y siento o, mejor dicho, percibo, que hay alguien en la planta baja. Y dije: “Un segundito, ya bajo”. Cuando llego a la planta baja, sentí un shock, que es difícil expresar con palabras, pero era algo que sentí muy pocas veces en mi vida: un escalofrío extraño. Se me encendió un receptor. ¿Viste ese receptor interno que uno tiene? Llamalo un sexto sentido: esto no era de acá. Y me encuentro con cuatro personas. un matrimonio de unos 65 o 70 años los dos, y después dos hijos –digo yo– de unos 35 o 40 años. Los cuatro en el umbral, estáticos, mirándome, con una sonrisa de una humildad superior. No tengo otra forma de describirla. Una sonrisa y un fondo de ojos idéntico de las cuatro personas, de un verdoso pardo claro, un color indefinido. “Esto no es de acá”, me dije.
–¿Hablaste con ellos?
–Les dije: “Buenas noches. Recién terminamos el curso, si les interesa… ¿Quieren conocer el Observatorio…?”. Nadie me decía nada. “Estamos los viernes”, les decía como para remarla. “Bueno, si quieren conocerlo este es el Observatorio de Funes” y ya se me acababa el discurso, ya no sabía qué decirles. Y ellos seguían parados ahí sin decir una palabra hasta que la chica giró la cabeza hacia mí, me miró y me dijo: “Muy bueno lo que hace usted acá. Siga así. Buenas noches”. Y dieron media vuelta los cuatro y se fueron.
–¿En qué se fueron?
–Me quedé helado. Se me pone la piel de gallina. Pivotearon –hablando en términos basquetbolísticos– y se fueron. Fui a la calle a ver en qué habían venido y no había nadie. Llegué a mi casa blanco y mi mujer, Vanina, me dijo: “¿Qué te pasó?”. Creía que había atropellado a alguien.